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La Coctelera

Carnes de cañón

La mayoría de ellos no tiene salud, ni juventud, ni nuevos horizontes en los cuales fijar una meta de esperanza. Cuando la artritis les da un respiro, salen a tomar sol en alguna plaza y les dan de comer a las palomas. Vivieron muchos años y otros tantos aportaron al Estado un porcentaje de su salario pensando que en esta instancia final de sus vidas, nuestro país les garantizaría una vejez digna. Defraudados y dolidos esperan el cronograma de pagos para lanzarse a la aventura de buscar en algún cajero automático el misérrimo ingreso que fue superado varias veces por la canasta familiar básica. Muchos, sino todos, saben que al pisar los 70 habrán ingresado en la categoría infrahumana y postmoderna de “abuelos” o “viejos”. Esa condición del ser que parece pasar inadvertida en sus necesidades básicas a los ojos de la clase dirigente. Ya no votan, en un país en el que concurrir al cuarto oscuro otorga el privilegio de ser tenido en cuenta, por la voracidad de los políticos que salen en cada campaña electoral a “cazar” electores. A esta realidad cruda, con la que muchos enseñorean sus discursos, se le suman aditivos tan rancios como la soledad y el abandono.Causa espanto leer las noticias. Como si los achaques del tiempo y la injusticia social no fuesen suficientemente injuriantes, olvidados hasta el desprecio mueren más jubilados en asaltos que por causas naturales. La cobardía de los delincuentes -envueltos en un halo de impunidad que apesta- ha llegado al extremo de torturar y asesinar a estos indefensos seres para quitarles lo poco que tienen para vivir. Hasta el momento, el tema no parece preocupar demasiado a nuestras autoridades que, aferradas a los códices específicos de las leyes penales, parecen medir con la misma vara a quien roba un banco poniéndole una pistola en la cabeza al guardia de la garita y a aquel que se aprovecha de la incapacidad natural de defensa de una persona para saciar sus más bajos e incalificables instintos.En esta Argentina de los derechos humanos cabe preguntarse cuál es la escala de valores en la que se basan las prioridades de las fuerzas de seguridad al momento de cumplir con su deber. ¿Por qué hay más policías en un recital que en la esquina de las entidades bancarias los días de pago a nuestros abuelos? ¿Por qué en este país la muerte es muchas veces una fatalidad que tiene raíces en la violencia? ¿Ser viejo significa ser carne de cañón? ¿Estamos tan mal que ni siquiera puede uno morir en paz y dignamente? Algo grave nos está pasando, esperemos que nuestros gobernantes se den cuenta a tiempo. Mañana, puede ser irremediablemente tarde.

En el infierno

Los burritos son lentos, el camino es largo y en los campamentos de la picada 7 la tierra sedienta se resquebraja al paso de los animales. Un adolescente y sus hermanitos menores apuran la zorra cargada con dos tachos de 200 litros de agua enfilando monte adentro. Allí venden el preciado líquido a los agobiados hacheros que clandestinamente talan los montes para sobrevivir.Una silenciosa historia de vida protagonizada por una madre y sus 12 hijos se desarrolla a la orilla del Canal de Dios, allí donde el camino angosto es un tajo que abre las entrañas del monte hacia los confines del departamento Copo, donde la gente subsiste como puede, condicionada a la naturaleza.Jorge Rubén Sandoval es el mayor de los doce retoños, tiene 16 años y trabaja ayudado por sus dos únicos hermanos varones. “Nueve son chancletas”, dice la matrona, Lidia Ladina Domínguez. Todos los días, a partir de las 5 de la mañana, Jorge, Abel y David atan los dos asnos a la zorra, cargan agua del Canal de Dios en los tachos y emprenden camino hacia los campamentos. Ironías del lenguaje, un canal que lleva el nombre del Creador, recorre gran parte del infierno santiagueño. Andan y desandan 21 kilómetros que, en la espesura silenciosa del jarillal, resultan una eternidad insondable. Tal vez sólo comparable a la de Marco Polo cuando trajo a estas latitudes los primeros tallarines provenientes de la China o a la de Cristóbal Colón, que descubrió América por casualidad y sin saberlo, al punto tal de llamarla “Tierra de Indias”.La familia Sandoval, en el mercadeo elemental que ayuda a su subsistencia, cumple un rol fundamental, casi existencial. Que no supo, ni sabe o… ¿no quiere? cumplir el Estado: poner un jarro de lata con agua en las rugosas manos de los que - a diario- laceran con el hacha la savia de nuestro campo. Doblados por el peso del rudimentario elemento, como pidiendo perdón a la naturaleza vuelven al trueque, como desafiando al modelo económico que los devolvió al medioevo. Un jarro de agua puede valer un cuartito de yerba mate o cuatro cucharadas grandes de azúcar. Un buen precio allí, donde hasta un grano de arroz vale más que el oro del Perú.La explotación en la zona está prohibida y los controles de Gendarmería Nacional y de los guardaparques son implacables. “A veces me hago ver a propósito, don”, confiesa un hombrecito que aparenta cargar sobre sus espaldas seis décadas de pobreza cuando, en realidad, sólo ha transitado cuatro de ellas. En algunas partes del mundo, los años del hombre se cuentan como los de los perros. El tiempo ignora que el bípedo más inteligente de la especie tiene derecho a tener alma. Un alma no se la niega a nadie desde que la Santa Iglesia tuvo el digno gesto de devolvérsela a cuatro o cinco indios que Colón había llevado enjaulados como retribución por los favores prestados a la reina de España.“Es mejor estar preso, porque al menos no falta el mate cocido. Otras veces, sería mejor estar muerto, ¿sabe?”, dice don Julián, por su porte o tal vez tan sólo Julián por su tránsito cronológico en las entrañas de Santiago. Una confesión devastadora, amenazante, como el ojo del hacha que brilla bajo el implacable sol del norte. La niñez perdida, esa que no conoce de potreros ni de yutos desafiando al infinito; aquella que vive en parajes olvidados por Papá Noel y en los que a fuerza de miseria el ratón Pérez no recoge dientes de leche, devuelve al hombre a su condición de ser humano, aquella que le pretende ser negada desde siempre. Unos pequeños y un poco de agua hacen de la vida un milagro cotidiano y le ganan la partida al desafío de subsistir en el infierno. Allá, donde hasta el más corajudo funcionario se delata un timorato portador de promesas siempre incumplidas.

Jamás digas Hamas

Como un complot del destino que, recurrentemente se esmera en reabrir dolorosas llagas de la historia, los resultados oficiales de las elecciones legislativas palestinas con la consecuente victoria “aplastante” de la organización terrorista Hamas fueron dados a conocer en una fecha coincidente con el 60º aniversario de la liberación del campo de exterminio de Auschwitz. El Ejército de Liberación Palestina, que desde su fundación persigue la destrucción de Israel, figura en las listas de la Unión Europea como uno de los grupos más sanguinarios de medio oriente. Ha cometido decenas de atentados suicidas provocando muerte indiscriminada a diestra y siniestra. Como siniestra resultó la voluntad de los miles que convalidaron con su voto el acceso al poder público del terror y el fundamentalismo.No faltarán por estos días aquellos que, en un exigido ejercicio intelectual por justificar lo injustificable, indiquen que Hamas ganó en elecciones “libres y limpias”. Tan transparentes como aquellas que signaron el destino trágico de Alemania y gran parte de Europa con la victoria de Adolph Hitler y su macabro plan de exterminio.Por voluntad popular, la intolerancia, el totalitarismo ideológico, el antisemitismo y los comendadores del terror ocuparán 76 de los 132 escaños de la Asamblea Legislativa, con las consecuencias previsibles de tan gravosa mayoría en el proceso de paz en Oriente Medio. El cóctel es peligroso y queda comprobado contundentemente que la corrupción también es un instrumento de muerte. Si el movimiento oficialista Al Fatah hubiese gobernado en vez de dedicarse al propio enriquecimiento a costa de corrupción y empobrecimiento de todo un país acostumbrado más a la guerra que a la paz, el resultado tal vez hubiese sido otro. Menos cruel. Más esperanzador. Para tomar conciencia de este yerro histórico en manos de un pueblo profano que supuso castigar a un gobierno infecto firmando la sentencia de muerte de su propia sangre basta con remitirnos a lo escrito por Ahmed Yasín, fundador del movimiento: "La paz con Israel es contraria a la ley islámica". Quienes lo suceden en esta horrenda saga, aunque se mimeticen con la democracia (sistema que les es extraño, ajeno y abominable) ya han anunciado que el "combate contra Israel será reanudado".Bonita forma de comenzar a trazar los planos de una sociedad con destino trágico.Nadie puede negar que Hamas ha hecho del exterminio judío su ideario. En su carta de presentación no disimulan el objetivo: "No hay una solución al problema palestino, salvo mediante la Guerra Santa. Iniciativas, propuestas y conferencias internacionales son sólo una pérdida de tiempo y esfuerzos vanos", sentencian. Irónicamente, será la comunidad internacional la encargada de velar por evitar futuras muertes inútiles y no menos probables genocidios. Nadie puede otorgar la menor representatividad o legitimidad a esta organización mientras no renuncie a lo imposible, a su esencia de terror. Mucho menos si no se dignan a reconocer a Israel el derecho de ocupar un lugar en el mundo. Y aunque técnicamente pueda ser una pacífica tropelía en contra de la democracia, es menos grave que aceptar la insurrección al mando del Estado. Puede que por el accionar de Estados Unidos, sea Palestina un segundo y doloroso Irak. Pero, a ciencia cierta o, a historia cierta, los judíos no están dispuestos a olvidar el Holocausto, ni quieren volverlo a padecer. Nadie puede negarle el derecho a defenderse y, en esta intrincada instancia histórica, nubarrones negros amenazan con romper los límites de la prudencia y la paz. Como el combate supone sangre, tal vez sea mejor la negación de estos fanáticos con sed de populismo. Por eso, mundo: jamás digas Hamas.

Donde mueren los violentos

La incomprensible guerra de los poderosos tiñe, desde tiempos inmemoriales, sus manos con sangre inocente. Atentado, le llaman algunos inescrupulosos. Terrorismo, sentencian otros pocos. Empero, para la media normal de la gente, son muertes absurdas. La pregunta vuela en el aire como un pañuelo de seda: ¿Quiénes son los responsables? ¿El imperio con su voraz espíritu invasor? ¿Bin Laden, el fantasma ex hijo mimado de la CIA?La respuesta cae pesadamente como piedra en río manso. Uno de ellos es el propio terrorismo nefasto, condenable hijo de una política usurpadora que lo engendró y capacitó, y otro menos visible es el mundo de los negocios, el de los intereses, el de las conveniencias siempre insatisfechas que no se permiten reglas de moralidad mínimas para alcanzar sus objetivos en un rompecabezas internacional donde hacen valer todo.Los intereses de los que hablamos ya vienen produciendo cientos de miles de muertes en el mundo a causa de mantener su supremacía y su paso libre sobre suelos promisorios utilizando a los pueblos a su antojo, poniendo gobernantes fanáticos en el poder que luego se dan vuelta, privilegiando la importancia de un pozo de petróleo por la del pueblo que sobre su superficie vive, contando las divisas que deja el colosal negocio de la heroína que solventa, según el tiempo, la vida fácil y el vicio de terroristas, traficantes y señores de las altas finanzas mundiales.Una guerra contra un fantasma parece incongruente si no se ven con un poco de precisión las consecuencias de su intentona. Una vez consumada la conquista, presurosos marcharían a reclamar participación los magnates, y tras cartón, extendiendo sus fronteras de acción, el impresionante aparato armamentista justificaría una época dorada de grandes inversiones fabricando más armas, más pertrechos y mayor tecnología en un nuevo conflicto de seguridad mundial.Ahora tenemos que hacernos la pregunta ¿quiénes se benefician con todo esto?: Todos, los victimarios y las supuestas víctimas. No aquellos que mueren, sino los vivos, los impulsores de las políticas económicas que ejecutan los países centrales sin importar su costo en vidas.Y si volvemos a preguntarnos quiénes son los responsables, podríamos deslizar una sospecha tentadora, dolorosa, fundamental: ¿Pudieron evitar esta orgía de sangre?¿Nos dicen la verdad? Evidentemente no, pero ya que de ahora en más nuestras vidas están condicionadas a las acciones militares y dementes de uno y otro bando podemos asumir el derecho de preguntar ¿hasta dónde nos llevarán? ¿Cuándo la vida de un individuo será más valiosa que una idea fanática, un pozo de petróleo o una cuenta bancaria? Esta debiera ser una lucha no contra el terrorismo sino por una nueva escala de valores en las dirigencias internacionales. En un mundo coherente los violentos deberían morir de soledad.

De abstemios y pitonisas

Las imágenes televisivas mostraban desde ángulos suficientemente confusos la "patriótica" faena de los astronautas reparando los paneles de teflón y zirconio dañados durante el despegue, algunas de las cuales cubrían buena parte de uno de los tanques de combustible sólido del Discovery. Todo ello ocurría en el "taller mecánico" de la estación satelital internacional, con lo que se pretendió embobar inútilmente a las teleaudiencias sobre la pericia de los hombres de escafandra antiflama y sobre el "éxito" de la primera fase de la misión.Pero todos los ingenieros de impecables guardapolvos blancos que trabajaban en las herméticas oficinas del centro de control de Cabo Cañaveral presuponía lo que todo el mundo medianamente imaginaba, sin ser especialista en ingeniería espacial: esos norteamericanos que viajaron al infinito en una aventura tan audaz como soberbia, puede que no hubieran vuelto nunca a sus casas a besar a sus jóvenes esposas, ni alzar en brazos a sus hijos, ni a ser mostrados como héroes ante la nación más poderosa del planeta. Fue muy probable, demasiado, que se calcinaran, porque el blindaje estaba dañado y se calculaba que no podría soportar la fricción del ángulo cero de choque, que produce bastantes grados de calor más de los que existen en el infierno. El Discovery volvió y los oscuros y calculables presagios sólo fueron un suspiro de alivio cuando la nave tocó tierra. Volvió a pesar de todo y, gracias a Dios, lo hizo entero.Los vuelos están suspendidos por el “inconveniente” (eufemismo surgido en el seno de la dialéctica del orgullo norteamericano) y, aún así, el belicoso presidente George Bush no podrá admitir jamás que los Estados Unidos, el país elegido por Dios para regir los destinos del mundo bajo su lastimosa tutela, está definitivamente perdiendo la carrera espacial, a manos de Francia, de la Unión Soviética y la propia China.Lo que los analistas ocultan con real malicia es que el perceptible retraso de este país en la industria aeroespacial es una directa consecuencia de los miles de millones de dólares que un Estado que ama la guerra para cimentar su poderío imperial derivó primero a la alocada idea del escudo misilístico (que no pudo evitar el rústico atentado del 11-S), y luego a las guerras de ocupación colonial y de exterminio que, con la excusa de combatir al terrorismo global, se desataron primero contra Afganistán y luego contra Irak. La abstemia de poder destruye las entrañas de esta “alianza de estados” que no ceja en provocar disturbios, como un niño caprichoso que necesita la permanente atención de los demás.Están empecinados en cumplir el objetivo de destruir impiadosamente el "eje del mal" que equívocamente imaginaron el ex secretario de Estado Colin Powell, y su sucesora, la influyente pitonisa Condoleeza Rice. Pero el "eje del mal" que ellos imaginaron con infantil astucia, demostró que tiene un genoma mutante y difícil de descifrar. Hoy está en Venezuela, mañana estará en Cuba, después se trasladará a Brasil y luego quién sabe a qué arista del planeta.No aprendieron en Vietnam, ni tampoco aprenderán con las guerras que hora tras hora pierden en cada apéndice del mundo en que las desatan.El orgullo “yanqui” es invencible. El ser superior nunca se siente batido, y tiene aún muchos mártires para sacrificar en el templo de su propia altanería.Pero el día señalado llegará, como le llegó a todos los imperios. ¿Quién se hubiera atrevido a pensar en el colapso de Asiria? ¿Alguien pudo haber pronosticado que Roma sería hoy sólo una ciudad para turistas? ¿Imaginó algún historiador que la tierra de “Las Mil y Una Noches” sufriría el miedo musulmán en sus visceras? Al "gran país del norte" también le llegará su hora.

La alteridad

Desde niños nos enseñaron que Dios nos hizo a su imagen y semejanza y también desde chicos conocemos la alegoría bíblica de la creación. Sabemos que Dios hizo primero a un Adán de barro y que después advirtió que no era bueno que el hombre estuviera solo. Allí aparece entonces mágicamente Eva, nacida de una de sus costillas y consagrada como compañera del hombre.La mentalidad judía es muy clara en este sentido de comprensión de lo natural. No hay en los milenios de historia que compila la Biblia seres solos, individualidades. Adán y Eva procrearon. Sus hijos hicieron lo propio y la familia humana comenzó a crecer. Según avisa la Biblia, se armaron las doce tribus, que se convirtieron en el pueblo de Israel y hasta cuando Noé hizo construir la gran balsa para salvar del diluvio a la creación, tuvo la inteligente idea de hacer subir a todos los animales en parejas de macho y hembra, cosa de que cuando pasara el meteoro pudieran bajar y seguir reproduciéndose, como lo habían hecho desde que comenzó a existir el primer individuo de cada especie.Pero la noción de la alteridad no está sólo respaldada por la tradición de la historia del hombre, sino por el propio sentido común. El corazón nos sería inútil si no sirviera para amar y el amor sería imposible si no estuviera el otro o la otra. El hombre ha ido construyendo virtudes y pecados a medida que fue descubriendo el complejo sentido de su vida. Los viejos maestros de los cuentos chinos, que eran anacoretas y misóginos, aún con su enorme sabiduría a cuestas necesitaban de un siervo diligente y disciplinado que supiera prepararles una taza de té, porque si no lo disponían seguramente hubieran muerto de inanición. Establecieron así una suerte de comunidad por defecto: el saber de uno dependía de la habilidad de los otros con los yuyos y los menjunjes, con los arroces y las salsas. Y esta sapiencia elemental del cocinero no tendría sentido ni trascendencia si no hubiera vivido en la casa del gran maestro Lin Yu Tang, por poner sólo uno de los nombres más conocidos.El actual consumo de masas propone contradictoriamente un aprovechamiento personal e individual de los bienes en oferta. El mercado global tiene una gama interminable de productos que se le venden a “uno”, ya no a “nosotros”. Ese auto de la publicidad es el que mayor prestigio le dará a “usted”, no a “su familia”. Esta marca de aire acondicionado hará más que placentero “su” sueño, no ya el de su pareja. La supercuenta que propone aquel banco está ideada para “su propio” y múltiple beneficio personal, nunca para el de quienes componen su núcleo familiar o para los que viven con usted. Al tiempo que los pobres se agrupan, se asocian, se reconocen hermanos en sus personales pero generalizados infortunios, los que todavía por suerte no hemos quedado excluidos del sistema de reparto periférico de la renta ultra concentrada somos tentados a comportarnos como meros individuos, a consumir y a disfrutar personalmente.Los otros ya no existen. La alteridad es una antigüedad. Imperceptiblemente la idea va calando en el corazón y en la mente. Casi no nos damos cuenta de que los hombres somos socios de una empresa común, de que no fuimos creados de a uno, de que fuimos imaginados para siempre como una comunidad. De que quedarse solo es la peor de las desgracias, tan extrema como el infortunio de un perro abandonado. ¡Si hasta los mejores amigos del hombre andan en patota para andar torrando por las calles! Hoy prácticamente ya no se concibe un perro solitario, como no sean esas mascotas chinchudas que viven en la casa de algunas solteronas, tan solas como sus dueñas.

No somos lo que tenemos

El consumismo vertiginoso de la sociedad actual nos está aislando. La frustración asola a gente con buenas familias, amigos, buena salud y todas sus necesidades básicas, además de infinidad de cosas que no necesita. Este consumismo no es sino una muestra de insatisfacción e infelicidad.Pocas veces se cuestiona la raíz de nuestro malestar. La sociedad corre tan rápido que nos deja poco tiempo para plantearnos alternativas y para darnos cuenta de que somos seres afortunados y que, con tanta miseria a nuestro alrededor, podríamos salir de nuestro autismo y arrimar el hombro a los más necesitados. El individualismo egoísta nos empuja hacia el consumo y nos aleja de las personas. Nos hace insolidarios.Decir que lo material no asegura una vida plena no denota cursilería ni un idealismo absurdo. Vemos a gente vivir sin sentido en medio de sociedades que viven en la abundancia. Llamamos “problemas” a muchos monstruos que creamos con la colaboración de una publicidad engañosa y la presión de una sociedad salvajemente competitiva. El modelo consumista de hoy nos impide ser nosotros mismos y buscar nuestra felicidad.Este modelo está diseñado para que todos tengamos la misma apariencia, que pensemos igual, que tengamos las mismas necesidades materiales y que siempre sintamos que no tenemos suficiente. Esta homogeneidad nauseabunda nos recuerda la obsesión por la uniformidad. La diferencia es que, en nuestra sociedad, democrática y capitalista, somos lo que tenemos.Nos bombardean con anuncios publicitarios de comida basura hasta que creemos que tenemos hambre. Después comemos esa insulsa comida acompañada de una Coca Cola extra grande, toda una carga de carbohidratos que nos drena la energía y nos llena de grasa. Nos inmoviliza.Después de este abuso llega la culpa y el malestar. Nos bombardean con imágenes de modelos que tienen cuerpos y caras sin imperfección alguna. Ignoramos que los expertos en imagen pueden hacer maravillas, que la tecnología audiovisual hace desaparecer cualquier imperfección. El mensaje queda claro: tenemos que vernos así. Nos observamos en el espejo y vemos que queda un largo recorrido. Es preciso ahora comprar una serie de productos para bajar de peso, desde inútiles aparatos de abdominales hasta productos “naturales" para quemar grasa, medicamentos cuyos efectos secundarios desconocemos. O ir al médico e incluso conseguir los medios para pagar una liposucción.Esta constante presión provoca anorexia, bulimia, obesidad y lleva a las personas a la locura. ¿Adónde nos están arrastrando? ¿Quién se beneficia? La industria farmacéutica tiene una fuente inagotable de dinero con tanta obesidad y desórdenes alimenticios. Los doctores tienen asegurados miles de pacientes. McDonald's seguirá haciendo “sonreír” a millones de seres durante lustros si todo continúa como hasta ahora.El modelo consumista beneficia a los gigantes multinacionales, cuya riqueza supera el PIB de muchos países y, por tanto, amenaza la soberanía de los pueblos. Logran sus objetivos a costa nuestra y, aunque parece que somos indiferentes, en realidad no nos damos cuenta por la velocidad de la vida “moderna". La abundancia de productos en el mercado nos abruma y nos deja desprotegidos, con la sensación de que nunca tendremos suficientes cosas si no seguimos consumiendo.Las Naciones Unidas ya nos anunciaban en 1998 los niveles de consumo de nuestras sociedades: cada año, se gastan en Estados cerca de 8.000 millones de dólares en cosméticos; en Europa, 11.000 millones en helados, 50.000 millones en cigarrillos, 105.000 millones en bebidas alcohólicas y 400.000 millones en narcóticos; en Europa y Estados Unidos, 12.000 millones en perfumes y 17.000 millones en comida para mascotas. Calculó que se necesitaban 40.000 millones de dólares anuales durante diez años para cubrir las necesidades básicas de todos los seres humanos. Si elegimos seguir una vida de consumismo ciego en una burbuja rosa, al menos reconozcamos que no nos costaría nada ayudar a otros seres humanos a cubrir sus necesidades básicas. Es posible y es necesario.

¿Divorcio?

Que el Episcopado haya instruido a todos los sacerdotes del país para que aclaren en cada misa dominical que la Iglesia no vive de los aportes del Estado es un hecho que no puede escapar al análisis político, en el actual contexto de las relaciones entre ambas instituciones. Afianzada la nueva conducción episcopal y encabezada ésta por el cardenal Jorge Bergoglio, los obispos han entendido necesario comunicar a la comunidad sobre cuáles son los ingresos que percibe la Iglesia y a qué son destinados como una forma de echar por tierra una supuesta dependencia de los fondos que le son girados por el Poder Ejecutivo Nacional. No debemos perder de vista que Bergoglio es considerado uno de los más acérrimos opositores a las metodologías de la actual gestión de gobierno y que su figura ha adoptado mayor trascendencia en el seno de la curia luego de que un periódico italiano diera a conocer la noticia de que fue el segundo en las preferencias del cónclave que erigió a Joseph Ratzinger en el trono de San Pedro. En efecto, con una celeridad que no se puede comparar en la historia reciente de la Iglesia, el secreto pontificio de la elección ha tomado estado público en virtud de lo expresado por el diario de un cardenal anónimo. En él se devela que estos fueron los escrutinios de los 115 conclavistas. Primera votación: Ratzinger, 47 votos; Bergoglio, 10; Martini, 9; Ruini, 6; Sodano 4; Maradiaga, 3, y Tettamanzi, 2. Segunda votación: Ratzinger, 65 votos; Bergoglio, 35, y Sodano, 4. Tercera votación: Ratzinger, 72 votos -a cinco de los dos tercios-, y Bergoglio, 40. Pasada la segunda votación y, según consta en el escrito, Bergoglio hizo saber durante el almuerzo que no iba a aceptar la elección como Papa. En la cuarta votación, Bergoglio obtuvo 26 votos y Ratzinger alcanzó los 84, convirtiéndose en Benedicto XVILa opción por el cardenal argentino fue auspiciada por el belga Danneels y por el alemán Lehmann, que fue reelegido presidente de la Conferencia Episcopal germana. Los episcopados belga y alemán -también el francés- son precisamente los que mayores discrepancias sostuvieron con Ratzinger, siendo éste prefecto de la Doctrina de la Fe.De lo expuesto, se deduce que si Bergoglio no hubiese dimitido voluntariamente, sus 40 votos hubieran impedido sistemáticamente la elección de Ratzinger.No es un hecho menor que el presidente de la Conferencia Episcopal haya tenido mayúsculo consenso en el seno de las deliberaciones en la capilla Sixtina.Un probable frente de tormentas tendrá que atravesar la gestión Kirchner ante la iniciativa de los obispos argentinos en un momento crucial de esta Argentina inestable por los índices de inflación y los cambios de gabinete.La Iglesia ha emprendido el camino de desvinculación económica del Estado a los efectos de “superar inmediatamente los malos entendidos y falsas creencias” por parte de la feligresía. Esperemos que sea simplemente esto y no el doloroso camino hacia un divorcio vincular en el cual, seguramente, estará echada la suerte de todos los argentinos.