Las Termas de Río Hondo fue, por un día, el epicentro de la atención internacional. Un gigantesco S.O.S humano sobre el talud izquierdo del dique frontal advirtió al mundo que el principal espejo de agua de Santiago del Estero está siendo vil e impunemente contaminado por fábricas e industrias de la vecina provincia de Tucumán. El proyecto artístico Land Art (tal fue la denominación del importante movimiento cívico vivido en la ciudad turística) es un signo que va más allá de la representación de nuestras más profundas preocupaciones por el ecosistema. Es el reflejo más evidente e incontrastable de nuestro hartazgo. Algo así como exigir de las autoridades competentes un punto final al avasallamiento del que hace décadas somos víctimas los santiagueños. En reiteradas oportunidades asistimos a espectáculos infaustos: bloom de algas que vomitan peces muertos a diestra y siniestra, pestilentes manchas de aceite kilométricas sobre el inmenso espejo de agua y, lo que es peor y no se ve, detritos de las citrícolas, papeleras, y otros emprendimientos industriales de procedencia tucumana que poco a poco precipitan sobre el fondo del lago y lo van colmatando. Para muchos, Las Termas de Río Hondo es un gran basural con un destino cierto y rubricado por especialistas: un enorme tacho de basura destinado a convertirse en un pantano.
Las consecuencias de este proceso son infaustas. Lo sabemos tanto nosotros como ellos pero, en la ley de la selva, poco le puede importar a los predadores la suerte final de sus víctimas. De últimas a primera, en virtud de ellas subsisten.
En los últimos años, poco se ha hecho desde el Gobierno de la Provincia para evitar que esta canallada ilegal e ilegítima continúe amenazando nuestro ecosistema. Notificaciones de delicada rúbrica, conversaciones amables y diplomáticas. Se ha cuidado más aquello de conservar el “discurso políticamente correcto” en aras de la sana convivencia interprovincial. En los últimos años poco ha hecho el gobierno de la provincia de Tucumán para impedir que sus productores continúen tirando basura en los cursos de agua que desembocan en Santiago del Estero. De últimas a primera, debe haber considerado que “no es políticamente correcto” tensar demasiado el hilo al punto de ofuscar a quienes conforman su principal cadena de crecimiento económico.
Y en esta puja de intereses mezquinos, de funcionarios “distraídos” y autoridades judiciales que brillan por su ausencia, tuvieron que ser los niños, las entidades intermedias y los vecinos de Las Termas de Río Hondo quienes se hayan movilizado masivamente para decirle al mundo que nada bien están las cosas por aquí. Que la ecología no sólo es el agua (por estos días inmunda), el aire, los peces y los pajaritos, sino que principalmente, el hombre. Cientos de familias pobres de la ribera del lago tuvieron que vivir la penosa circunstancia de mudar sus ranchos, sus precarias viviendas a lugares más seguros para la subsistencia. Quienes antaño se alimentaban de peces, ahora engrosan la extensa lista de los excluidos que los domingos por la noche estiran la mano en procura de alguna moneda para el mate cocido de sus hijos, en la plaza central de la ciudad.
Los registros fílmicos y fotográficos fueron ser remitidos a la organización Greenpeace (sin éxito ni repercusión). Duele saber que Las Termas de Río Hondo no figura en la agenda de preocupaciones de estos ambientalistas, o al menos no figura ni hasta los 20 en su página web www.greenpeace.org.ar. Es una cuestión de conciencia. Allá ellos. Pero nosotros, desde este apéndice ubicado en las nalgas del mundo tenemos la obligación de preguntar a los señores responsables: ¿S.O.S.? (¿Son o se hacen?).