Desde niños nos enseñaron que Dios nos hizo a su imagen y semejanza y también desde chicos conocemos la alegoría bíblica de la creación. Sabemos que Dios hizo primero a un Adán de barro y que después advirtió que no era bueno que el hombre estuviera solo. Allí aparece entonces mágicamente Eva, nacida de una de sus costillas y consagrada como compañera del hombre.La mentalidad judía es muy clara en este sentido de comprensión de lo natural. No hay en los milenios de historia que compila la Biblia seres solos, individualidades. Adán y Eva procrearon. Sus hijos hicieron lo propio y la familia humana comenzó a crecer. Según avisa la Biblia, se armaron las doce tribus, que se convirtieron en el pueblo de Israel y hasta cuando Noé hizo construir la gran balsa para salvar del diluvio a la creación, tuvo la inteligente idea de hacer subir a todos los animales en parejas de macho y hembra, cosa de que cuando pasara el meteoro pudieran bajar y seguir reproduciéndose, como lo habían hecho desde que comenzó a existir el primer individuo de cada especie.Pero la noción de la alteridad no está sólo respaldada por la tradición de la historia del hombre, sino por el propio sentido común. El corazón nos sería inútil si no sirviera para amar y el amor sería imposible si no estuviera el otro o la otra. El hombre ha ido construyendo virtudes y pecados a medida que fue descubriendo el complejo sentido de su vida. Los viejos maestros de los cuentos chinos, que eran anacoretas y misóginos, aún con su enorme sabiduría a cuestas necesitaban de un siervo diligente y disciplinado que supiera prepararles una taza de té, porque si no lo disponían seguramente hubieran muerto de inanición. Establecieron así una suerte de comunidad por defecto: el saber de uno dependía de la habilidad de los otros con los yuyos y los menjunjes, con los arroces y las salsas. Y esta sapiencia elemental del cocinero no tendría sentido ni trascendencia si no hubiera vivido en la casa del gran maestro Lin Yu Tang, por poner sólo uno de los nombres más conocidos.El actual consumo de masas propone contradictoriamente un aprovechamiento personal e individual de los bienes en oferta. El mercado global tiene una gama interminable de productos que se le venden a “uno”, ya no a “nosotros”. Ese auto de la publicidad es el que mayor prestigio le dará a “usted”, no a “su familia”. Esta marca de aire acondicionado hará más que placentero “su” sueño, no ya el de su pareja. La supercuenta que propone aquel banco está ideada para “su propio” y múltiple beneficio personal, nunca para el de quienes componen su núcleo familiar o para los que viven con usted. Al tiempo que los pobres se agrupan, se asocian, se reconocen hermanos en sus personales pero generalizados infortunios, los que todavía por suerte no hemos quedado excluidos del sistema de reparto periférico de la renta ultra concentrada somos tentados a comportarnos como meros individuos, a consumir y a disfrutar personalmente.Los otros ya no existen. La alteridad es una antigüedad. Imperceptiblemente la idea va calando en el corazón y en la mente. Casi no nos damos cuenta de que los hombres somos socios de una empresa común, de que no fuimos creados de a uno, de que fuimos imaginados para siempre como una comunidad. De que quedarse solo es la peor de las desgracias, tan extrema como el infortunio de un perro abandonado. ¡Si hasta los mejores amigos del hombre andan en patota para andar torrando por las calles! Hoy prácticamente ya no se concibe un perro solitario, como no sean esas mascotas chinchudas que viven en la casa de algunas solteronas, tan solas como sus dueñas.